Escritura creativa: ¨Del titular a la narrativa¨

 Daniel llegó a su casa después de un pesado día de trabajo, sintiendo las consecuencias del calor del sol sobre su piel morena que ahora estaba más roja que nada tras haberse exigido un día entero corriendo. Su casa estaba localizada en un barrio de gente más ¨acomodada¨ de Monclova, pues habiendo sido un niño crecido como hijo de la tierra y las carencias se sentía más orgulloso de permitirle a su familia no cargar con esas preocupaciones, aunque había hecho cosas impensables para lograr ese punto de su vida.

Avanzando con paso tranquilo hasta su cocina pudo divisar a una mujer de cabello negro, ataviada en una bata para dormir hecha de una seda exquisita, una que Daniel reconocía perfectamente pues había sido de las primeras cosas que compró con sus pagos iniciales de los mandados. En el rostro de Elena solo pudo encontrar desilusión, sabía que ella había estado esperando hasta su llegada con el fin de hablar un tema que parecía ser el elefante rosa en su matrimonio desde hace unos días. Daniel dejó su chamarra sobre una silla y procedió a sentarse en el comedor con un fuerte suspiro tras casi percibir como los labios rojos de su esposa temblaban intentando contener su mueca de disgusto y con ello, las lágrimas. A él le ardía el pecho cuando la veía de ese modo, todo lo que los había llevado hasta allí era hecho teniendo a su familia en mente, pero no de ese modo. Haría cualquier cosa por verla feliz.

Hablaron en voz baja, intentando contener la creciente discusión que solamente oscilaba entre los dos, sintiendo mucho más como Elena estaba orillándolo contra la espada y la pared. Daniel sabía que sus movimientos habían sido tan descuidados como para que su esposa se enterase de cosas que no debería saber desde el inicio pero no podía evitar sentir la chispa de esperanza cuando al haber despertado en su cama el día anterior todavía había podido encontrarla a su lado, encogida contra las esquinas del colchón y envuelta dentro de su cobertor de tigre como si quisiera evitar a toda costa que cualquier parte de su cuerpo se rozara con la del hombre que se había visto obligado a guardarle esas verdades con mentiras convenientes. Estaba enojada, pero no lo suficiente como para haber hecho una maleta y de la mano de su hija, salir huyendo de la casa que Daniel había conseguido recientemente por arriesgar cada uno de sus respiros.

En el punto en que finalmente pudieron cesar en su desacuerdo, los ojos se encontraron y fue como si frente a él volviese a visualizar a su mujer cuando acababan de salir de sus casas, huyendo de la violencia y la pobreza que amenazaba la vida de la hija que habían concebido amorosamente, aunque sin preparación alguna. En esa expresión tan desesperada de Elena pudo saborear y recordar cada momento en que tuvieron que sufrir para conseguir dinero, en donde realmente creyó que ser el escalón más cercano a pordioseros estaba siendo su nuevo hogar. No volvería a permitir que su esposa fuese golpeada, que estuviera tan expuesta ni que se viera tan indefensa como ahora.

En parte, creía que por ello no habían tenido una discusión mayor. Como pareja, sabían que habían tenido momentos muy difíciles por los ingresos y de no haber sido por la decisión que Daniel había tomado no podrían verse vivos como lo estaban ahora. Tomó su mano y tras depositarle un beso en el dorso, susurró algo con una voz que en un inicio le fue desconocida hasta para si mismo.


--Te prometo, mi amor, que salí de esos pasos. Están seguras. No hay algo que me importe más que el recuperar tiempo con la pequeña y contigo. Te lo demostraré por la mañana.


Aunque terminó fundiéndose en un abrazo dulce con Elena, sintiendo la colonia de su acondicionador de lavanda contra su nariz y las lágrimas calientes contra el hombro, Daniel no se sentía tranquilo. Ni siquiera cuando estuvo en su cama de vuelta abrazando por la cintura a su esposa podría dejar de pensar en que iba a hacer para cumplir.

Al salir el sol, el hombre ya se encontraba fuera de su habitación con una planeación detallada para un sábado en familia, cosa que fue muy bien recibida por la joven Ana pues ya estaba acostumbrada a tener casuales lujos y regalos, pero nunca se veía otorgada la oportunidad de pasar tiempo con papá y mamá. Habiendo puesto en la camioneta negra a la familia completa inició un viaje en carretera que por horas se llevó en manejar con cuidado y cautela característicos de alguien de su profesión, vigilando casualmente por el espejo del conductor a las dos mujeres de su vida dormir en la parte trasera, satisfecho con su decisión de no consultar las medidas más bajas para conseguir a uno de esos enormes hombres de piel tintada, con un vago olor a marihuana quemada y muerte que se colaba desde los chalecos antibalas que los había visto cargar en días pasados. Estaba atormentado por esos recuerdos, huir lo más lejos posible de Coahuila para intentar salvaguardar un momento de paz con sus seres queridos quizá era un acto que lo evidenciaba. Cada hora en la que se acercaban más a Zacatecas sentía las ansias de nunca volver pues para él todo lo que necesitaba para sobrevivir ya se encontraba durmiendo en la parte trasera del automóvil, algo que ya había preservado una vez de forma incorrecta, pero podría remendar si se iban para siempre. Quizá ese era en realidad su plan. Un inicio en otra localidad.

Al llegar, ayudó a bajar a su hija y a su mujer para que pudieran caminar juntos hacía el centro de la ciudad. No habían desayunado aún y ante lo normal para una niña de 6 años, la curiosidad y el apetito de Ana se mezclaban para convertirla en un huracán furioso que no podía controlarse en correr ansiosamente frente a sus padres, quienes vigilaban cautelosamente desde atrás todos sus movimientos. Elena había tomado del brazo a Daniel, volvía a reír con el ánimo y la aceptación que parecían haberla consumido por semanas hasta robarle el pálido color del rostro. Todo el escenario parecía una vuelta al reinicio que los haría felices de nuevo.

Ciertamente, el padre era precavido con sus movimientos, pero no fue lo suficientemente atento como para notar algo malo en el momento. Con el sol del medio día brillando contra su calva, un hombre gordo y de rostro serio había estado batallando para bajar de su coche Tsuru blanco en el que había estado conduciendo desde casi la noche pasada. El viaje hasta Zacatecas había sido un infierno para él entre los gritos por teléfono del jefe, los cigarrillos que casi lo asfixiaban por no abrir su ventanilla y las incontrolables ganas que había tenido por mandar todo al diablo cada que pensaba en no dormir. Era un hombre terriblemente torpe, sí, pero conocido también como el miembro más fiel y eficiente en su materia. Él si conocía a Daniel, recordaba haberlo visto llegar como un hombre flacucho y nervioso hace aproximadamente 6 años hasta formarse en un caballero fornido, temerario, tenaz e incluso muy inteligente. De lo que también estaba seguro es él no se acordaba de su primer encuentro, en la mente de ese hombre de familia no resonaba su apodo tan singular: El Willis. Daniel era muy inteligente, pero solía ser también egocéntrico, cosa que tendría que pagar.

Willis se acomodó su pesada chaqueta negra cuando bajó finalmente, barriendo con la mirada el escenario de las familias felices que corrían por las angostas calles del centro.

Para él, lo que le había sido encomendado todavía le pesaba pues desde encontrar su casa hasta mirarlo subir a su camioneta acompañado de una hermosa mujer y su pequeña hija le hacía pensar que podría haberse ahorrado el esfuerzo si hubiese intentado verle la cara de estúpido al jefe con un paquete falso y documentaciones más viejas que nada. A Willis le encantaba su trabajo, adoraba ser leal ante los Santos Vagos, pero este fin de semana preferiría estar en su casa: fumándose un cigarrillo en calzoncillos, tomando Red Bull y mirando telenovelas turcas mientras se rascaba la barriga. No le gustaba la idea de acosar de lejos a uno de sus compañeros, incluso si también era de su conocimiento que ese condenado no era más que un traidor.

Apenas a unas personas delante de él pudo mirar directamente a la bella dama, reluciente en su vestido de flores y con su lindo cabello negro suelto hasta la cintura, sosteniendo un cono de helado en su mano. Willis no sabía su nombre pues hasta eso, Daniel había evitado mostrarle mucho a los Santos Vagos sobre su familia, pero casualmente podría ver que de fondo de pantalla en su teléfono tenía una foto de esa mujer y su hija. La mirada curiosa del hombre gordo llevó a notar también que Daniel estaba ahí, llevando de la mano a su hija y con la otra libre sujetando otro cono. La niña ya tenía la cara manchada de su propio helado de chocolate, siendo que su madre había accedido a un capricho previo antes del desayuno.

Willis metió sus manos regordetas a los bolsillos de su chaqueta. Sentía lástima, pues si esa mujer y niña hubieran sido suyas, no pasaría lo que estaba por suceder. Se había opuesto inicialmente a seguir las órdenes del jefe pues era directo que no debían dejar testigos de su familia como castigo, pero de verdad le dolía tener que hacerlo.

Un arma pesada, brillante y de color negro se deslizó fuera de su bolsillo enorme con la cautela necesaria para que entre la multitud de gente nadie pudiese detenerse a mirar su bonita pistola, que había sido comprada con anticipación pensando en darle una digna despedida a su amor platónico y también era el revivir de cada palabra dicha por su jefe al describir con furia como Daniel había robado de más dinero del cartel para desaparecerse de repente. Si que era muy tonto.

Willis no lo era. Había puesto antes el silenciador adecuado para que al ocultarse caminando entre las personas que se acercaban a la familia y experimentar el gozo común de reposar su dedo regordete contra el gatillo siguiera ahí. Era solamente torpe, pero había disfrutado ver ese fugaz resplandor en el rostro de la pareja cuando en primer lugar su hija recibió un disparo directo al pecho.

Daniel se quedó quieto, mientras que el rostro de Elena se deformó en una confusión y terror inexplicable que incluso así la hacía parecer bellísima. Segundo. El siguiente disparo fue más difícil pues entre el movimiento de la gente, Willis tuvo que moverse lo suficiente para dispararle a la esposa del traidor.

El tercero fue el verdadero problema, ya que las personas ya habían dejado de ser tan egoístas como para notar que Elena y Ana estaban desplomadas en el suelo frente a Daniel, que no parecía querer luchar por salvarse ahora que la verdad y los hechos le eran más que claros ante sus evidentes descuidos. Cuando la bala perforó la garganta de la víctima faltante, también se desplomó al suelo para ahogarse con su sangre mientras sufría mucho más dolor por pensar en haber arrastrado a su familia con él. No entendía por qué también habían decidido cobrarse sus errores con ellas y le dolía, ya estaba muerto incluso antes de haber recibido con los brazos abiertos la calidez de la siguiente vida.

Lo último que pudo escuchar fue como las personas gritaban y corrían en estampida, los organilleros dejaban de tocar su melodía y como sus jadeos se mezclaban con un batallar ansioso entre la sangre caliente que probablemente estaba más unida ahora con lo pegajoso del helado. Sabía que se lo había ganado. Dentro del narcotráfico, jamás te perdonarían un error y él había querido probar ser más inteligente de forma equivocada.

Willis guardó su arma y se mezcló entre las personas que corrían mucho antes, dispuesto a alejarse a pie lo más lejos posible de ese escenario para poder conseguirse quizá un platito de Asado de Boda en nombre de esa mujer. Después de todo, él no había perdido su fin de semana ni se lo amargaría pensando en lo que pudo ser con la esposa de ese tonto traidor, pues, aunque se le antojaba también se caracterizaba como un hombre que dejaba ir. Por lo bajo solamente escribió en su teléfono de teclas Nokia un sms conciso, con dirección a ¨Vago¨. En él se podría ver un emoticono de un dedo pulgar levantado.

 

2 mujeres. Un hombre. Sus nombres fueron olvidados, pues lo único que las definiría en los titulares de los periódicos sería que murieron a la luz del sol. Miles de personas fueron testigos de sus asesinatos, pero nadie podría decir quién fue el culpable. Ese día solamente se sumaron 3 números más a las cifras interminables

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